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Justo
José de Urquiza nació el 18 de octubre de 1801. Tiempos
de profundas transformaciones gestadas en el siglo anterior. La revolución
francesa en lo político y la industrial en lo económico
y tecnológico se combinaron para impactar decididamente sobre las
estructuras sociales. Realismo, romanticismo, positivismo, liberalismo,
capitalismo, socialismo utópico, comunismo, fueron entre otras,
las expresiones que tomaron forma en este nuevo siglo para reflejar esos
cambios.
La Argentina abandonó, por la fuerza revolucionaria, el dominio
español para ingresar así en el tránsito del complejo
camino de vida independiente. Etapa caracterizada por la inestabilidad
y los enfrentamientos armados en la que el nuevo país intentó
adquirir el perfil de nación organizada. Difícil objetivo:
las luchas civiles y la disolución de las autoridades nacionales
apenas una década después de iniciado el proceso independentista
daban cuenta de esa realidad. Los esfuerzos por dar forma orgánica
a la incipiente nación fueron vanos. Las diferencias ideológicas
primaron sobre la necesidad de organizar un nuevo gobierno. Monárquicos
y republicanos, unitarios y federales fueron algunas de las fuerzas dicotómicas
que intentaron dirimir sus diferencias en los campos de batalla.
Los factores situacionales prefijan condiciones políticas, económicas
y sociales delimitadoras de un contexto historio-social específico,
escenario en el que los “hombres producen –al decir de Anthony
Giddens- la sociedad, pero lo hacen como actores históricamente
situados, no bajo las condiciones de su propia elección.”
Y esas condiciones que limitan el obrar humano no son solamente constrictivas
sino también habilitadoras del hacer. Especialmente para aquellos
actores sociales que poseen la capacidad de ser protagonistas de los procesos
de transformación de una sociedad a través de su comportamiento
y desempeño. De su capacidad para abordar, procesar y actuar sobre
las condiciones históricas en las que se sitúan. Justo José
de Urquiza se constituyó, así, en uno de los protagonistas
de su tiempo.
Su padre Joseph de Urquiza – de origen vasco - se radicó
en la provincia de Entre Ríos junto a su esposa Cándida
García y su numerosa familia, para dedicarse a la actividad rural
pero también a la función pública. Los sucesos de
Mayo de 1810 lo obligaron a emigrar a la Banda Oriental para poder sostener
su fidelidad a España. En 1812 pudo retornar, para continuar con
una vida circunscripta al ámbito rural y sujeto a los avatares
de los cambiantes gobiernos locales. Allí educó a su prole,
apegados a la libertad que la naturaleza ofrece y al amor al terruño
como forma de identificación con su espacio vital.
En 1817 Justo José fue enviado al Colegio de San Carlos en Buenos
Aires, al que debió abandonar dos años más tarde
ante la clausura de los cursos, retornando a su tierra natal. Instalado
en Concepción del Uruguay, se dedicó a las actividades económicas
en las que demostró un espíritu arriesgado y progresista,
necesario para triunfar en el ámbito comercial.
A los 19 años fue padre de una niña. Este hecho, sumado
a su negativa sostenida al casamiento, su fortuna creciente y su agraciada
presencia, le otorgaron una fama donjuanesca particular que trascendió
los límites de su ciudad natal.
A mediados de la década del 20 se inició en la actividad
política. Contaba con poco más de veinte años cuando
se comprometió fervientemente a defender el ideario federal. En
el Congreso provincial, para el que fue designado diputado por los vecinos
de Concepción del Uruguay en 1826, comenzó con sus primeras
experiencias en la vida pública.
Entre Ríos se debatía entonces en una fuerte anarquía.
Entre las influencias de Buenos Aires y Santa Fe, los gobernadores entrerrianos
se sucedían ininterrumpidamente por el poco tiempo que duraban
las alianzas para sostenerlos, en medio de intrigas y traiciones. La incipiente
república, después del fracaso del Congreso de Tucumán,
ensayaba un nuevo proyecto constitucional con Rivadavia, que se transformó
en un nuevo fracaso al intentar imponer un modelo contrario a la voluntad
de las provincias.
Pero el deseo de organizarse permanecía incólume. Así
lo demostró el Pacto Federal firmado en 1831, vigente por más
de veinte años. Este creó, con la adhesión de todas
las provincias, la Confederación Argentina y tomó el compromiso
de organizarse jurídicamente en un Congreso General bajo el sistema
federal. Juan Manuel de Rosas asumió el manejo indiscutido del
país, dispuesto a restaurar la amenazada tranquilidad pública,
imponiendo el orden por la fuerza.
La posición estratégica de la provincia de Entre Ríos,
por su proximidad con el Imperio del Brasil y la República Oriental
del Uruguay la convirtieron en epicentro de conflictos que fueron más
allá de las luchas fraticidas, y en las que se mezclaron intereses
y alianzas internacionales. Campo de duras batallas donde a fuerza de
lanza y de sangre se dirimían las ideas. Rosas, Oribe, Echagüe,
Urquiza por un lado, Rivera, Lavalle, Paz, Berón de Astrada, Ferre
por otro, son los protagonistas de años de lucha y sangre.
En los campos de batalla Justo José de Uquiza comenzó a
distinguirse nítidamente, entre los suyos primero y ante sus adversarios
después. Dos frentes de batalla arreciaban la provincia: Corrientes
y las costas del Uruguay. En ambos, los triunfos de las armas consolidaron
el prestigio del estratega. Así, los congresales entrerrianos en
1841, ante la necesidad de elegir un nuevo gobernador, proponen al General
Urquiza para desempeñar el cargo.
En 1842 asumió por primera vez la gobernación entrerriana.
Siendo reelecto en el cargo en 1845 y nuevamente en 1849 y 1853. Años
de campañas militares marcada por éxitos y fracasos en los
que Entre Ríos adquirió preponderancia y fuerza en la defensa
del sistema de la federación. Triunfos contundentes como Arroyo
Grande, India Muerta, Laguna Limpia, Vences afianzaron la autoridad y
el orden en el convulsionado litoral.
Época de obediencia irrestricta y mando incuestionable. En la que
el coraje, la severidad de conducta, la rigurosidad en la aplicación
de castigos y premios y el magnetismo personal, crearon una forma de conducción
que se repitió en todo el país. El caudillo fue la expresión
de ese tiempo. Dominación carismática estructurada sobre
la base de la creencia en la legitimidad del poder fundada en el reconocimiento
de heroísmo o ejemplaridad de la figura. Legitimidad que justificaba
la interacción de poder y autoridad entre mandante y mandados bajo
el consentimiento mutuo.
Se sumó para robustecer este fenómeno la instabilidad política
y las prolongadas campañas militares que se produjeron desde los
albores de la vida independiente. Contra los españoles primero,
entre hermanos por diferentes consignas políticas después.
Fuerte presencia, autoridad, respeto y fuerza militar, constituyeron entonces
las notas distintivas que fue asumiendo el ejercicio de poder en esta
etapa de la Argentina en construcción. El caudillo se transformó
en el conductor por excelencia, convirtiendo los campos de batalla en
escenarios de aprendizaje y graduación. El aislamiento, la falta
de comunicación, la escasez poblacional y la inmensidad territorial
también aportó lo suyo. La autoridad se reconocía
como condición natural, pero también se forjaba, se ganaba
en las reyertas con el respeto y la obediencia de paisanos y milicianos
que confiaban en el caudillo, movidos por una subordinación mezcla
de amor, respeto y temor.
Emparentado con Rosas en el ejercicio autoritario del poder provincial,
compartió el ideario federal y defendió el proyecto confederal
en la frontera del Uruguay. Pero se diferenció nítidamente
del gobernador porteño al comprender la importancia del orden constitucional
como premisa para asegurar la continuidad del orden y el progreso del
país, como así también una exigencia de desarrollo
económico.
El 1 de mayo de 1851, el decreto conocido como el Pronunciamiento significó
el rompimiento entre Urquiza y Rosas. La batalla de Caseros los enfrentó
el 3 de febrero de 1852 para cambiar una historia de más de veinte
años. El triunfo del entrerriano posibilitó el inicio de
la etapa constitucional concretada un año más tarde.
El triunfo de Caseros y el posterior Acuerdo de San Nicolás celebrado
entre los gobernadores en mayo de 1852, profundizó la dicotomía
de intereses entre Buenos Aires y el interior, defendiendo ambos ideales
económicos contrapuestos. Los caminos se bifurcaron entre la ciudad
portuaria y el resto del país con la revolución de septiembre
de 1852. La conformación de la Confederación por un lado
y el Estado de Buenos Aires por otro fue una realidad, a pesar de los
intentos conciliadores con resultados efímeros de casi una década.
No dejaban sin embargo de reconocer ambas que formaban parte de una unidad,
una historia común las hermanaba.
La Constitución Nacional sancionada en 1853 definió la pugna
por el sistema organizativo entre unitarios y federales. Pero también
inició un nuevo tiempo. La apertura del país a un mundo
cambiante. Nuevas ideologías, condiciones económicas, culturales,
sociales, modificaron también el panorama argentino. Las consecuencias
de la revolución industrial, el auge masivo de la inmigración,
las innovaciones tecnológicas y culturales en general fueron perfilando
una Argentina globalizada, integrada al resto del mundo.
El fracaso de la experiencia de la Confederación Argentina, especialmente
desde la perspectiva económica al no poder integrar a todo el territorio
por el rechazo de Buenos Aires, dejaron en manos de los dirigentes de
la ciudad puerto la consolidación del estado nacional. Después
de la batalla de Pavón, Bartolomé Mitre asumió el
cargo de Presidente de la Nación, con sede en Buenos Aires, retomándose
así el camino de la unidad definitiva.
La provincia de Entre Ríos se había constituido, en la década
anterior, en el epicentro del cambio. En ella consolidó su poder
el General Urquiza y a su conducción retornó después
de ejercer la Primera Magistratura Nacional. Pero también en ese
ámbito encontró la muerte, resultado de la expresión
de una oposición que eligió el camino de la violencia y
las armas para provocar los cambios. Sin embargo no borró por ello
las huellas dejadas por el ilustre Entrerriano.
Representó y provocó el tránsito a tiempos diferentes.
Las formas de hacer la consiguió gracias a una mentalidad abierta,
capaz de identificar a los hombres más capaces y darles el espacio
suficiente para desplegar sus propias potencialidades, sin abandonar decididamente
las premisas culturales en las que se formó. La genialidad también
se demuestra en la elección del entorno humano para cumplimentar
los objetivos que se pretenden lograr, y el General Urquiza contó
con colaboradores brillantes, muchos de ellos representativos de las nuevas
ideas que hacia la década del cincuenta hacían ebullición
en Europa. De intelectuales y científicos formados en un mundo
distinto, protagonistas de una realidad integracionista a la que el resto
del mundo occidental marchaba inexorablemente, y que les posibilitaba
dimensionar la problemática Argentina desde una perspectiva diferente.
Hombres de la llamada generación del 37, argentinos obligados a
vivir en el exilio y que se sumaron al espectro político argentino
después de Caseros y del que habían sido excluidos por la
fuerza durante el gobierno de Rosas. También colaboraron extranjeros,
muchos exilados que al no conseguir en sus países las condiciones
apropiadas para llevar a la práctica sus ideas, buscaban nuevos
horizontes propicios, especialmente franceses republicanos expulsados
por los imperialistas bonapartistas, iniciadores de nuevas corrientes
de pensamiento en estas tierras.
Es cierto también que su visión como estadista la consolidó
desde una perspectiva social y económica en particular, la que
le brindó su propio patrimonio particular y la variedad de rubros
productivos y comerciales en los que incursionó.
Los recursos básicos que explotó y que constituyó
el sustento de su fortuna, –hacienda y saladero- representaban los
principales intereses económicos de la incipiente nación
y la forma de inserción en los mercados internacionales requería
de las garantías que brinda un país organizado y libre de
los males que conlleva la inestabilidad política y armada. Su experiencia
empresarial le demostraba la necesidad del cambio.
La maximización del rendimiento económico conciliando la
producción primaria y la industrial en un circuito completo, la
consiguió con su propia producción. En estancias de su propiedad
se criaba el ganado, con el que después se abastecían los
saladeros, lugar donde se aprovechaban especialmente los cueros y carnes
saladas además de otros subproductos como velas, jabones, carne
envasada, etc., los que eran distribuidos en los mercados internos y externos
en compañías navieras de las que también forma parte.
Aspectos que dan muestra acabada una nueva mentalidad empresarial. Pero
su sus incursiones en la faz económica fueron mucho más
variadas. Diversificación del capital en novedosos emprendimientos
surge del análisis del cuantioso patrimonio que poseyó:
Acciones en Bancos, ferrocarriles, empresas navieras, de mensajerías,
industrias varias, acciones en empresas periodísticas, de colonización,
entre otras, demuestran su adecuación a los tiempos modernos.
Exteriorizó en lo privado y en lo público su conciliación
entre la modernidad a la que ingresaba el país y las bases tradicionales
de una herencia colonial recibida de sus ancestros y consolidadas por
las condiciones del ambiente social en que se desarrolló.
Mantuvo en el ámbito provincial las características de caudillo
indisputable, con el manejo del poder por casi treinta años. En
1868 asumió una vez mas la primer magistratura provincial, la que
en definitiva le costó la vida. “Usted no necesita de ese
puesto para ser el hijo querido y obedecido del pueblo entrerriano”
[1] – le aconsejaba uno de sus hijos-, sin poder convencerlo.
Constituyó, seguramente, un error político el retorno del
General Urquiza al gobierno entrerriano en los últimos años
de la década del sesenta. Signos de oposición habían
comenzado a manifestarse en varios sectores desde tiempo atrás.
Contribuyeron a moldear el panorama adverso innumerables factores coyunturales
y estructurales, actuales y de larga data. Entre ellos, la actitud de
acatamiento al gobierno de Mitre frente a la guerra del Paraguay cuando
el sentimiento popular entrerriano la rechazaba –las deserciones
de Basualdo y Toledo lo evidencian-; la presencia del Presidente Sarmiento
visitando a su antiguo adversario político en el Palacio San José
para conmemorar la batalla de Caseros; las medidas económicas adoptadas
ante la grave crisis que vivió la provincia litoraleña;
la oposición política agrupada en torno a la figura de Ricardo
López Jordán.
Suma de razones que condujeron al movimiento revolucionario que se inició
con el asalto a la residencia particular de Urquiza y que provocara su
asesinato el 11 de abril de 1870 en su dormitorio. Las consecuencias de
la trágica muerte del General Entrerriano fueron la intervención
de las tropas nacionales y los enfrentamientos armados, campos devastados,
estancias saqueadas, gobiernos inestables, pérdida de peso político
en el contexto nacional, razones que a su vez postergaron por largos años
el crecimiento de Entre Ríos.
Aciertos y errores generaron adhesiones y oposiciones. Perspectivas diferentes
de sus propios coetáneos, las que después se extendieron
a lo largo del tiempo generando posturas históricas contrapuestas.
Actuó en un contexto histórico determinado, el que le brindó
posibilidades y limitaciones, y quizás es dable aplicar lo sostenido
por Maquiavelo para el Príncipe, “prospera aquel que armoniza
su modo de proceder con la condición de los tiempos y... paralelamente,
decae aquel cuya conducta entra en contradicción con ella.
La vida del General Urquiza concluyó, pero no el producto de su
acción. Su huella fue lo suficientemente profunda para mantenerse
en el tiempo. Comprendida o no, aceptada o rechazada, con éxitos
y errores, pero indeleble, su figura continua hoy siendo el símbolo
por excelencia de la provincia litoraleña a la que perteneció
y a partir de la cual extendió su acción al resto del país
con una mentalidad nueva, aunque sin abandonar definitivamente los modelos
culturales en los que originariamente se formó.
Justo José de Urquiza concilió la transición entre
dos tiempos diferentes, forjando una obra que pervive hoy por su magnitud
e incidencia en la historia nacional.
Prof. Ana Maria Barreto
Jefe de Departamento Educativo y de Extensión Cultural
Palacio San José – Museo Urquiza
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